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IGLESIA 

MINERAL DE HUANTAJAYA 
TARAPACA (Iquique) 

Desaparecida por abandono del poblado, y posteriores saqueos y catástrofes naturales




HUANTAJAYA: LA EPOPEYA OLVIDADA DE LA MINERÍA DE PLATA EN TARAPACÁ

(DOCUMENTO DE (extracto): www.urbatorium.blogspot.com, viernes, 1 de marzo de 2013, de Criss Salazar)

Pocos lugares reúnen en su propia historia tantas épocas y hazañas humanas como el mineral de Huantajaya (o Guantajaya), al interior de Iquique. Su existencia atraviesa toda la historia regional, desde tiempos precolombinos hasta nuestros días, pasando por la conquista del desierto, la formación de leyendas, el coloniaje, la fiebre calichera, la Guerra del Pacífico, La Guerra Civil, el oscuro tiempo de las masacres del salitre y la caída de la industria de la plata tarapaqueña. Incluso en nuestros días, siguen realizándose allí actividades de extracción de plata, continuando parcialmente con una historia que se resiste a terminar, a pesar de los siglos transcurridos.

Según algunos autores, Huantajaya se traduciría como "llevar en andas" o "llevar muy lejos". Fue la mina de plata más importante de toda la actual Región de Tarapacá, además de una interesante concentración urbana que, en su momento, contaba incluso con una iglesia de madera con alta torre-campanario, pero de cuyo poblado quedan sólo las ruinas de las ruinas.

Habitada hasta por miles de persona en su mejor época, hoy sonaría a fábula el hecho de que, en algún momento de la historia, Huantajaya hizo crecer todos los pueblos interiores con su riqueza y era mucho más grande que la propia aldea colonial de Iquique, a la sazón habitada por sólo un puñado de indios changos y esclavos negros destinados a la extracción de guano en la isla y covaderas de la costa…

En nuestros días, se puede llegar a los tristes restos de Huantajaya siguiendo desde Iquique hacia el oriente por la mencionada Ruta 616 y doblando por el camino hacia la Penitenciaría de Alto Hospicio, a unos 15 kilómetros del puerto. Una vez allí, se sigue por un seco y rocoso sendero en dirección Noroeste, desde las mismas instalaciones carcelarias, aproximadamente por un kilómetro y medio de andar…

La veta de plata de San Agustín de Huantajaya había sido conocida y explotada en tiempos precolombinos, comenzando a ser trabajada durante el dominio del Inca Tupac Yupanqui, hacia fines del siglo XIV e inicios del siglo XV. Los españoles la encuentran y se la apropian en el siglo XVI, concediéndosele derechos de explotación a don Lucas Martínez Vegazo, comerciante residente del poblado de Tarapacá que amasó una fortuna inmensa con éste y otros negocios hacia el año 1543. Su impulso al desarrollo del pueblito ubicado en la Quebrada de Tarapacá fue clave para aumentar la urbanización del mismo y luego su reconocimiento como capital de provincia, todo por la riqueza y desarrollo iniciado con estas encomiendas.

Sin embargo, el comerciante Jerónimo de Villegas obtiene esta misma concesión minera en 1556, la que le fue arrebatada a Martínez en medio de las disputas entre los españoles en Perú. Debo hacer notar, sin embargo, que este último año aparece señalado por varios autores (como Francisco Javier Ovalle, Vjera Zlatar Montan y otros) como aquel en que realmente comenzó la explotación del yacimiento, por lo que me pregunto también por la precisión de las fechas que reportan las fuentes. Como sea, Lucas Martínez recupera la encomienda al morir Villegas al año siguiente, aunque abandonando desde entonces Tarapacá y trasladándose a Lima, donde transcurrió el resto de su holgada vida…

El redescubrimiento o, más precisamente, el descubrimiento de nuevas vetas de plata en el mineral de Huantajaya, se realizará hacia 1717-1718 según crónicas y fuentes históricas, aunque un viajero y cronista de aquel siglo, Frezier, se refiere al hallazgo de minas de plata cerca de Iquique en 1713. Desconozco si acaso hablaba del mineral que aquí describo, lo ubica a 12 leguas desde Iquique, cuando Huantajaya está en realidad a sólo dos.

Como sea, el yacimiento huantajayino fue redescubierto por el indígena oriundo de Mamiña don Domingo Quilina Cacamate, quien trabajaba a las órdenes de su patrón don Francisco de Loayza, habitante del poblado de San Lorenzo de Tarapacá que amasaría fortuna con esta actividad y también llevaría una larga época de prosperidad para este pueblo al interior de la Quebrada de Tarapacá, tanto así que llegó a ser la capital provincial cuando Iquique todavía era sólo una pequeña aldea costera, como ya vimos. Por el año 1727, la producción es tal que permitió potenciar a la Caleta El Molle como centro de abastecimiento y de embarque, mientras que el Oasis de Pica pasó a ser el lugar de residencia o descanso de muchos adinerados socios de explotaciones de la mina…

Se unió al negocio también don Basilio de la Fuente, otro residente del pueblo de Tarapacá recordado como un gran filántropo, que financió la reconstrucción de la Iglesia de San Lorenzo de Tarapacá y la de Camiña, y que daba asistencia a los pobres indígenas de la zona. Otras familias tarapaqueñas ligadas al negocio huantajayino fueron los Vilca, los Flores y los Castilla…

Cabe añadir que muchos mineros del Alto Perú emigraron por entonces a estos territorios portando sus propias tradiciones y folklore, para trabajar en la explotación de minas de plata como la de Huantajaya, y también en las auríferas de Sipisa, fundando un pueblito en la Pampa del Tamarugal conocido como Tihuana, correspondiente en nuestros días a La Tirana, sede de las fiestas religiosas más importantes de Chile, consagradas a la Virgen del Carmen y con una enorme fusión de elementos culturales donde destacan los de origen altiplánico,…

La mina de Huantajaya dió un impulso proto-industrial a todo el territorio, que alcanza su cima en el siglo XVIII. Una gran azoguería que amalgamaba con mercurio el mineral, por ejemplo, se encontraba en Tilivilca, unos pocos kilómetros antes del pueblo de Tarapacá, existiendo aún sus ruinas junto al camino de la quebrada. Incluso parece haber un primer respaldo importante en la relación de la imagen y el culto a San Lorenzo con el mundo minero, del que es su Santo Patrono, gracias a la influencia de Huantajaya…

Un pueblo completo creció alrededor de las instalaciones del yacimiento y así, al poco tiempo, el lugar se había convertido en una verdadera ciudad-enclave, también anticipándose a la época de las oficinas salitreras. Las cómodas y numerosas casas se construían con bases y sillares de piedra con mortero, y se edificaba encima con madera, roca y argamasa. El transporte del mineral se hacía en mulas, y el agua dulce era obtenida en las vertientes de la costa o desde el río Loa y luego el Pisagua, frecuentemente desembarcada en el puerto, y llevada hasta el poblado subiendo por la cuesta, circulando entre la comunidad en grandes odres y botijas de cuero que abundaban allí. Productos agrícolas son enviados desde la Quebrada de Tarapacá y Pica, además de alimento para los animales.

El Huantajaya de entonces contaba con su iglesia (el edificio más alto del poblado, al final de su calle principal), escuelas, pulperías, fondas, negocios menores, herrerías, corrales para animales y correo. Llegó a tener hasta tres cementerios, uno de los cuales todavía era reconocible y arrojaba huesos humanos afuera en los años noventa, aunque en él ya no quedaba una sola lápida legible. Quizás había también algún lupanar por allí, disfrazado de cantina o de almacén, aunque autores como Martín Sierra aseguran que lo tradicional era que los mineros bajaran a Iquique a buscar casitas de remolienda, en los días de pago…

Hacia el año 1758, aparentemente, habían vuelto a hallarse ciertas vetas de plata en los terrenos del yacimiento. Pero coincidió que, al aproximarse el siglo XIX, el mineral de Huantajaya comenzó a agotarse de forma notoria, especialmente en sus mencionadas vetas casi superficiales, pasando así época de gran riqueza hacia el año 1792. A pesar de esto, la fortuna que aún quedaba en el yacimiento servía para seguir sosteniendo parte de la población minera del mismo y sus respectivas actividades, aunque con las ya comentadas dificultades para trabajar las vetas más profundas en la dura roca.