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IGLESIA
CRISTO REY
TOME




IGLESIA CRISTO REY DE TOME

Esta iglesia de Tomé se construyó en el Barrio Bellavista, frente a la Fábrica Textil “Paños de Tomé”, conocida por décadas como “Bellavista - Oveja - Tomé”, ante las necesidades religiosas de los trabajadores de la empresa, aunque se dice también, que fue idea de Carlos Werner y su esposa, propietarios de la fábrica, ante la trágica muerte de su hija Edith, de 20 años de edad, el 12 de septiembre de 1921.

El descenlace de Edith es incierto. Ella vivía en Viña del Mar, era casada y tenía dos hijos, y se habría suicidado por amor al mantener una relación sentimental prohibida, o habría fallecido por alguna enfermedad. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de Tomé y la tumba se habría convertido en una animita popular, donde muchas personas pedían mandas, por lo que años más tarde fue trasladada a Viña del Mar.

La iglesia fue inaugurada el 12 de septiembre de 1923 por el Obispo Gilberto Fuenzalida Guzmán. Se nombró Párroco Visitador al Presbítero José Modesto Letelier y se designó Capellán Oficial del templo al padre Guillermo Jüneman. Junto al templo se construyó una casa donde residían los sacerdotes. El Arzobispado de Concepción administraba la iglesia, pero la fábrica continuaba siendo propietaria del templo.

Nombrada ya Parroquia, fue seriamente dañada por el terremoto de 1939. La restauración de la iglesia, principalmente de sus cúpulas, modificaron el diseño original, y en su interior se eliminó el púlpito y la reja que rodeaba el altar.

Uno de los párrocos de la iglesia fue el Padre Alfonso Saieh Mariángel, Párroco hasta 1958, muy recordado por la comunidad por su labor social, que trabajó principalmente en la incorporación de los jóvenes a la iglesia, formando el Club Juventud Textil.

El terremoto del 22 de mayo de 1960 causa graves daños en Tomé, hay 5 muertos y gran cantidad de construcciones destruídas, la iglesia tuvo daños estructurales que fueron posteriormente reparados.

En 1967 llega a la Parroquia el Padre francés - italiano, Ramón Ricciardi, conocido en Tomé por su gran labor social y pastoral. Creó “El Foyer de Caridad”, comunidad religiosa que acogía a fieles que buscaban un retiro espiritual; trabajó en la redacción de una Biblia Latinoamericana, y creó comedores sociales durante uno de los periodos de crisis de la fábrica, donando su bicimoto traída desde Europa para financiar obras sociales.

El Padre Ramón también hizo remodelaciones en el templo, retirando algunas imágenes religiosas para darle mayor iluminación al interior del templo y para instalar un sistema de calefacción.

(ADAPTACION DE WFL DE: “Bellavista, Memoria Oral de un Pueblo Industrial”, Sebastián Pérez, Eduardo Becker, Maura Saavedra y Eduardo Saldías, 2010 / www.memoriabellavista.cl; y Revista Tell, enero 2012, en www.tell.cl)

UBICACION: Avenida Latorre esquina calle Caracol, Bellavista, Tomé.






































(FOTOGRAFIAS DE 2014)













(FOTOGRAFIAS DE: “Bellavista, Memoria Oral de un Pueblo Industrial”, 
Sebastián Pérez, Eduardo Becker, Maura Saavedra y Eduardo Saldías, 2010; en www.memoriabellavista.cl)


CONSULTAR





(FOTOGRAFIA DE: www.spaudoenchile.blogspot.com de José González Spaudo)



(FOTOGRAFIA DE: “Monografía Geográfica e Histórica de la Comuna de Tomé”, Rafael Miranda, 1926)



(MAPA DE: Turistel)



BELLAVISTA OVEJA TOMÉ: LA MARCA QUE TEJIÓ LA MODA CHILENA

La más antigua de las textiles nacionales y la mayor empresa lanera de Latinoamérica acaba de resistir una de sus peores crisis. La marca que vistió a los soldados chilenos de la Guerra del Pacífico, que tejió un poncho con hilos de oro para el Papa Juan Pablo II y ha marcado la historia de una ciudad humilde como Tomé, espera una nueva oportunidad para demostrar su buena tela.

Atilio Andreoli ni siquiera pensaba en convertirse en el creador favorito de los chilenos más elegantes, cuando aprendió en terreno que los paños de Bellavista Oveja Tomé eran sinónimo de alta calidad y sofisticación. Las encargadas de enseñárselo fueron su madre y su abuela, con quienes acostumbraba a pasar todos sus veranos de infancia en Concepción. "Como si se tratara de una especie de liturgia veraniega, el último fin de semana de vacaciones planificaban un viaje a Tomé para comprar telas en el salón de ventas de la fábrica. Era todo un panorama. Ellas se pasaban horas escogiendo todo lo necesario para armarse su guardarropas para el invierno y, bueno... yo siempre me quedaba con algún corte para que el sastre de mi papá me hiciera algún abrigo", recuerda el diseñador.

Al igual que la madre de Andreoli, los principales sastres y los confeccionistas de los grandes almacenes no dudaban en escoger los finos tejidos fabricados por esta empresa textil de la VIII Región. Aunque la fábrica fue creada en 1865 y durante la primera mitad del siglo XX su crecimiento fue constante, su época dorada fue entre los años '50 y mediados de los '60. Entonces, Paños Bellavista Tomé (su nombre original) era sinónimo de telas de lana de primera calidad. Sus productos, que no sólo impactaban por su categoría dentro de Chile, también se abrían mercado en toda América e incluso Europa.

En Tomé, una ciudad costera de la Provincia de Concepción, donde la marca tenía su centro de operaciones, se respiraba al ritmo de las máquinas que sin cesar limpiaban, hilaban y urdían, y de los telares que enhebraban las fibras durante 24 horas. Todo era tejer y cantar. La fábrica textil, ubicada a tres kilómetros de su plaza central, se alzaba como un manto protector que no sólo empleaba a más de mil 500 trabajadores, sino que también creaba una suerte de red social que daba educación y vivienda a sus familias.

"Hasta antes de los años '70 sólo había prosperidad para todos lo que vivíamos en Tomé. Trabajar en la fábrica de Bellavista era pertenecer a una elite", recuerda Benigno Matamala (63), un operario de telares y ex dirigente sindical que entró a la fábrica cuando todavía no cumplía los quince años. Siguió los pasos de su padre y su abuelo, quienes también integraron su fuerza obrera.

"Me contrataron a principios de los '60 y aunque las máquinas no eran tan modernas como las actuales, me pareció que todo era muy bonito. Además, el pueblo tenía vida. Se llenaba con gente, costureras y muchas señoras bien compuestas, muchas venían a comprar los fines de semana, porque la sala de ventas no cerraba ni sábado ni domingo", asegura don Benigno, a quien cada año la empresa regalaba tres cortes de tela para que se engalanara. "Muchos ya no me entran, pero los conservo como reliquia porque están impecables".

El revés de la trama


Lejos de su pasado esplendor, la etiqueta, que todavía es considerada la mayor empresa lanera de Latinoamérica, hace unas semanas debió desenredar la madeja más complicada de sus 142 años de historia. Una compleja trama donde las fibras de alta calidad se reemplazaron por inminentes anuncios de quiebra, movilizaciones de sus empleados, negociaciones de sus dueños y el temor de un pueblo que veía cómo uno de sus grandes patrimonios estuvo a punto de desaparecer.

Las crisis siempre han formado parte del complejo hilado de Bellavista Oveja Tomé. Esta última comenzó a mediados de 2006. El 31 de octubre del año pasado sus empleados (que en 2001 pasaron de dos mil a ochocientos) pidieron un aumento, pero debieron aceptar un recorte del 10 por ciento de sus sueldos. El directorio de la empresa les mostró las cifras; les dijo que los negocios ya no funcionaban como antaño y que corrían el riesgo de cerrar. Los trabajadores no tuvieron otra opción.

Desde entonces, el fantasma de la quiebra se instaló en las callejuelas de adoquines de Tomé y este año reapareció con fuerza. A medida que bajaba el dólar, disminuían sus ganancias, porque el 80% de sus ventas corresponde a exportaciones.

"Desde hace más de un década nuestros grandes compradores han sido grandes marcas y consumidores extranjeros. A diferencia de las otras textiles nacionales, nosotros nos concentramos en hacer paños de primera calidad, pensados para competir de igual a igual con las lanas italianas", dice su subgerente general, Roberto Seselowsky, quien pese a la crisis, comenta que durante los últimos años la marca se vende prácticamente en toda América Latina, especialmente en México, Bolivia y Argentina. "Nuestras telas también son compradas por la líneas de moda estadounidense como Brooks Brothers y el grupo Oxford, que maneja a Nautica y Tommy Hilfiger. Además de algunas empresas maquiladoras que manufacturan las colecciones de Ermenegildo Zegna".

Pese a que toda su producción de 2007 estaba totalmente vendida, un nuevo punto de conflicto apareció a mediados de noviembre. Complicada por las deudas, la empresa presentó formalmente su solicitud de quiebra. El anuncio remeció y sorprendió al sector financiero empresarial.

Al final, el hilo no se cortó. La semana pasada se selló un compromiso que consiste en un aporte de US$ 27 millones. De ellos, los empresarios del directorio de la compañía (compuesta por el industrial Gabriel Berczely, el ex senador Miguel Otero y Cristóbal Kaufmann) aportarán quince millones. Los otros doce vendrán de un financiamiento bancario suscrito por el BancoEstado, que estará a cargo de liderar las negociaciones con los bancos acreedores.

Todo, para posibilitar la continuidad de la textil. "Y, de paso, la historia de un pueblo donde la industria textil ha dominado todo y que, en sus años dorados, tuvo un nivel de progreso único en Chile", asegura el alcalde de Tomé Eduardo Aguilera, que como todos sus coterráneos alguna vez también formó parte de los trabajadores de Bellavista Oveja Tomé.

Las primeras puntadas

La historia de la más antigua industria de textiles de Chile partió en 1865. Todo comenzó con un trueque y un empresario de origen norteamericano que no estaba conforme con su negocio, y quería ampliar sus horizontes. Se trataba del dueño del Molino de Granos Bellavista, Guillermo Délano Ferguson, que aceptó cambiar una partida de trigo por 24 telares y maquinarias para hilar.

Al principio, la idea del empresario era fabricar él mismo los sacos para envasar la harina, pero rápidamente cambió de opinión y apostó derechamente por el negocio de los paños. Ya entonces la nueva textil tuvo que enfrentar los embates de las fragatas españolas "Resolución" y "Numancia" que bombardearon Tomé, en la época puerto principal de la bahía de Concepción.

En 1872, la industria ya comenzaba a marcar pauta con una producción de 1.200 metros de paños finos y otros de uso común; además de franelas, colchas y mantos. Sus principales materias provenían de las ovejas de Magallanes y pequeñas partidas de lana merino traída desde Argentina, para confeccionar los productos más finos. Seis años más tarde, Paños Bellavista ya contaba con 137 operarios nacionales y 25 técnicos estadounidenses.

"Los paños son superiores a los de Europa por la rica lana que se emplea en su confección", dijo el legendario periodista Recaredo Tornero en su obra Chile Ilustrado, donde destacaba que pese a su característica aversión a lo nacional, los chilenos reconocían la calidad de los tejidos producidos en Tomé.

En 1879 es comprada por el técnico alemán Augusto Kaiser. En ese momento la fábrica fue contratada para proveer las telas que necesitaba el ejército chileno, reemplazando a los tejidos franceses que hasta entonces se utilizaban para confeccionar los uniformes de soldados, que habían sido diseñados siguiendo patrones galos. La relación de Bellavista con los militares se acrecentó durante la Guerra del Pacífico, cuando en los improvisados talleres de costuras instalados en Valparaíso y Santiago se utilizaron sus paños para armar a toda máquina 40 mil trajes para los soldados que participaron en el conflicto.

Por esa época, la marca inicia una seguidilla de cambios de propietarios. Después de Kaiser, pasó a Carlos Fazzani y en 1897 queda en manos de Carlos Werner. Aquí es cuando empieza su período de esplendor, porque este empresario comienza a ampliar las dependencias de la fábrica y compra nueva maquinaria. También instala en su entrada un enorme reloj mecánico e inicia una serie de mejoras para sus trabajadores. Los primeros pasos que luego la transformarían en una verdadera ciudadela, que ya en los años '30 contaba con iglesia, casas para sus trabajadores, gimnasio, escuela modelo y un mercado. Sólidas instalaciones que aguantaron dos terremotos y donde en los años '50 se llegaron a desempeñar más de 3 mil personas.

Años antes, cuando los textiles Bellavista ya estaban consolidados y exportaban con éxito a Bolivia y Ecuador, aparecieron dos empresas para hacerle la competencia: Paños Oveja en 1917 y la Fábrica Italo Americana de Paños (Fiap) en 1922. Ambas funcionaron bien durante varias décadas, pero no superaron el paso del tiempo. No lograron derribar la fortaleza de Bellavista que en los '50 ya reinaba en el negocio de lanas latinoamericanas.

Telas insuperables


Durante la Unidad Popular, la fábrica Bellavista fue expropiada y pasó a formar una cooperativa. "En esa época, los mismos trabajadores salíamos a vender las telas en camiones para enfrentar la crisis. Entonces, ya teníamos espíritu de sobrevivientes", recuerda el ex trabajador Benigno Matamala.

Como si fuera parte de su karma, la recesión de los '80 también golpeó a la marcas textiles. Mientras Fiap no resistió los embates económicos, Paños Oveja se fusionó con Bellavista (de ahí su actual nombre). En 1982, la marca fue comprada por la familia Ascuí, que inició todo un plan para recuperar su prestigio.

Su estrategia dio resultado. Lograron ingresar con sus productos a países como Autralia, Estados Unidos, México y Nueva Zelandia. Durante esta época, sus trabajadores tejieron un poncho con hilos de oro que obsequiaron al Papa Juan Pablo II en su visita a Chile.

A principios de los '90 se realizó una fuerte campaña publicitaria con producciones de moda fotografiadas con modelos como Cecilia Amenábar o Catalina Pulido, y publicaciones especiales con creaciones desarrolladas por los mejores diseñadores locales. El diseñador José Cardoch recuerda que realizó colecciones para que la marca presentara sus diseños en desfiles privados, tanto para sus compradores nacionales como internacionales.

"Me invitaron junto con otros nombres de la época como Ivan Grubessich y Paula Undurraga para que trabajáramos con sus telas. Y fue increíble, porque la calidad de sus paños es única. Todavía me sorprendo con sus georgettes de lana y el Blin y Blin, una tela de paño pesada que fue desarrollada por ellos mismos, que es lo mejor para hacer abrigos", confiesa Cardoch y confidencia que encontró en Nueva York tiendas top que la tenían en su catálogo.

Aunque en 1993 fueron premiados como los mayores exportadores de telas de Chile, los Ascuí dejaron la marca en 2002, cuando se la vendieron a la sociedad compuesta por Kaufmann, Otero y Berczely.

La solución al conflicto vivido hace unas semanas renueva las fuerzas de sus dueños. También la esperanza de sus trabajadores que antes del remezón, habían despachado 215 mil metros de tela y no querían parar las máquinas. "Crecimos respirando el aroma de la lana cuando entra a la fábrica. Si esto se acaba, se terminan los sueños de una ciudad", concluye José Peña, el jefe de ventas de la tienda en Tomé. Un hombre que lleva 20 años recomendando a sus clientas cuál es la mejor franela de lana peinada para hacerse la más suave de las faldas.

(SIN MODIFICACION DE: Asociación Gremial de Químicos Coloristas y Textiles de Chile, en www.textileschile.cl, reportaje de Revista Ya - 11.12.07)




(DOCUMENTO DE: Almanaque 1974, Revista del Domingo, Diario El Mercurio)